martes, 24 de febrero de 2015

PANINARO





Los paninari fueron una subcultura juvenil integrada por adolescentes de familias bien. Tenían unos quince o dieciséis años, estudiaban en colegios privados y recibían generosas pagas de sus padres, que en su mayoría eran profesionales acomodados. Vestidos con llamativas prendas de marca, los paninari empezaron a congregarse de forma espontánea en torno a Al Panino, una cafetería sita en el número 6 de la Via Agnello que dio nombre al movimiento. Pero, aunque despachaba sándwiches, el local era demasiado autóctono para estos cachorros hambrientos de todo lo que veían en las producciones audiovisuales yanquis. Así que en cuanto la cadena de comida rápida Burghy abrió su primer local, los paninari se trasladaron allí, donde podían emular a los ídolos zampando hamburguesas. Corría 1982 y, en Italia, comer genuina fast food no era ninguna guarrería, sino algo exótico y moderno. Casualidad o no, el Burghy estaba en la Piazza San Babila, tradicional lugar de encuentro de los grupos juveniles de extrema derecha desde los años sesenta. Otros céntricos locales frecuentados por los paninari fueron el gimnasio Doria y el salón de belleza Rino, símbolos del culto al cuerpo que profesaba esta subcultura.

Para diferenciarse aún más de «la masa», los paninari tenían su propio slang, construido con palabras sacadas del dialecto del norte de Italia, pero también del español, del latín y, por supuesto, del inglés. Por ejemplo, un gallo era un tío guay; una sfitinzia, una tía guay; un cucador era un tío guay que se ligaba a muchas tías guays; y los sapiens eran los viejos, o sea, los padres. También se estilaba mucho el italish, con frases tipo «Very original, il mio boy». Claro está que las conversaciones paninaras eran más dialécticas que sustanciales, evitando siempre temas políticos, sociales, filosóficos o culturales serios. Según un seminal manifiesto de la tribu publicado en la revista Paninaro, «el gallo debe manejar con soltura un amplio abanico de módulos expresivos divertidos e inmediatos». Así, en lugar de «mangiare avidamente un panino» (o sea, «zamparse un sándwich con gula») el paninaro de pro diría «sparare un paninzzo nel gargarozzo». Capisci?

Pero pese a la relativa complejidad de sus códigos, la rivoluzione paninari era tremendamente simple. Consistía, básicamente, en vestir ropa de marca, comer hamburguesas, escuchar música pop y salir por ahí. Una vez forrado el estómago con comida basura, se iban de discotecas a bordo de sus lustrosas motos alemanas, modelo Zündapp 175. Los estudiantes de los sesenta y los setenta habían militado en la izquierda (o en la derecha), pero en los paninari el compromiso político brillaba por su ausencia. Como apunta el expaninaro Remo Ruffini, «en aquella época todo era colorista y feliz. La política ni se nos pasaba por la cabeza. Solo estaba el sueño de América y de un estilo de vida que pasaba por ir a hacer surf a California o visitar Nueva York».

El principal signo de identidad del paninaro era, sin duda, su atuendo, que no dejaba de ser una versión italiana del estilo preppy yanqui. Enrico Pirondi, expaninaro e hijo del fundador de la firma Best Company, recuerda que «la ropa de los paninari era como un uniforme. Prendas muy brillantes, de muchos colores y cada una con su etiqueta, con la marca bien visible». Los elementos fundamentales que componían el look paninaro eran los jeans de marcas como Armani o El Charro, las botas Timberland y las bambas Superga, las camisas y polos de Best Company, los cinturones de hebilla grande de Levi’s, los relojes Swacht, mochilas Mistral, gafas de sol Ray-Ban Wayfarer (popularizadas por Tom Cruise en Risky Business), cazadoras de Stone Island, calcetines Burlington… Pero la prenda estrella de todo paninaro que se vistiera por los pies era un flamante plumas Moncler. Según Remo Ruffini, capo de la casa Moncler, «a mediados de los ochenta se vendieron unos cuarenta mil plumas en todo el mundo y, de ellos, treinta mil se despacharon en la ciudad de Milán». Y eso que el plumas no era una prenda precisamente cómoda: al estar diseñada para protegerse de la nieve, se empapaba cuando llovía, pudiendo llegar a pesar hasta diez kilos con el peso del agua. Pero molaba, y había que llevarlo aunque cayeran chuzos de punta.

En un momento en el que la industria de la moda italiana estaba en pleno auge, la aparición de los paninari dio lugar a decenas de colecciones de ropa deportiva juvenil. La artista plástica Ludovica Gioscia, responsable de una serie de collages y artefactos elaborados con parafernalia paninaro, explica que «los nombres de las marcas, por ejemplo CP Company, reflejaban una procedencia americana, pero la mitad de las prendas estaban fabricadas en pequeñas fábricas alrededor de Mantova, en el norte de Italia.

En cuanto a gustos musicales los paninari preferían los sofisticados hits del new pop británico a los más mostrencos soniquetes del pop-rock yanqui; y por encima de todo aborrecían la música italiana, de la que solo salvaban un puñado de canciones de Gazebo, Tracy Spencer o Taffy chapurreadas, cómo no, en inglés. Formaron parte de la banda sonora paninari éxitos como «Word up» de Cameo, «The edge of heaven» de Wham!, «Each time you break my heart» de Nick Kamen, «Don’t leave me this way» de los Communards, «Big in Japan» de Alphaville, «Der Kommissar» de Falco, «True» de Spandau Ballet y, muy especialmente, «Wild Boys» de Duran Duran, que se convirtió en su himno.

La comunión de los paninari con el novísimo pop británico fue tan intensa que, en un momento dado, recibieron un inesperado feedback. En 1986, los Pet Shop Boys lanzaron una canción titulada, precisamente, «Paninaro», que celebraba el movimiento con no poca ironía. Al parecer, el dúo británico de techno-pop visitó Italia en 1986 para promocionar Please, su debut discográfico, y quedó profundamente fascinado con los paninari. Según confesó Neil Tennant, voz cantante del dúo, «lo que nos gustó de esa cultura juvenil es que era mainstream, en oposición a los góticos, que eran más underground. Los paninari se ponían pantalones remangados por el tobillo y jerseys de Armani. Era todo muy fashion». Promocionada por un videoclip en el que aparecían auténticos paninari, la canción fue un éxito a pesar de que no es Neil Tennant, sino Chris Lowe, quien canta o, mejor dicho, quien recita una serie de palabras y marcas, a modo de mantra posmoderno. Traduzco: «Pasión, amor, sexo, dinero, violencia, injusticia, muerte. Chicos, chicas, artes, placer. Comida, coches, viajes, comida, coches, viajes, viajes. Nueva York, Nueva York, Nueva York. Armani, Armani, Armani, Versace, Cinque». Como toda la obra de los Pet Shop Boys, «Paninaro» es muy ambigua: podría parecer una apología del consumismo juvenil, pero la inclusión de palabras como «violencia», «injusticia» o «muerte», de alguna manera, era como una advertencia de que ese inmenso mall en el que se estaba convirtiendo Italia llevaba implícita la semilla de su propia destrucción.

A partir de 1986, los paninari brotaron como setas por toda Italia. Dada la variedad dialéctica del país, en cada localidad recibieron un apelativo diferente: en Bolonia, zanari; en Verona, bondolari; en Roma, tozzi; en Nápoles, chiatilli. La cosa se salía de madre. Y si hasta ahora los paninari habían imitado a la tele, ahora la tele empezaba a imitarlos a ellos. No en vano, en el programa Italian Fast Food, el cómico Enzo Braschi se hizo famoso gracias a su parodia de un paninaro. Fue el principio del fin: si todo el mundo llevaba plumas y comía hamburguesas, eso de ser paninaro ya no tenía ninguna gracia.
A rebufo de la masificación, salió de debajo de las piedras todo tipo de merchandising paninaro. Por ejemplo, Il Paninaro, un videojuego para Commodore 64, donde podías manejar muñequitos con plumas a bordo de motocicletas. O revistas como Zippo Sandwich, Wild Boys y, sobre todo, Paninaro, en cuyas viñetas se produjo un disparatado enfrentamiento entre punkis y paninaris. En 1987, un número de esta publicación llegó a despachar cien mil ejemplares. En ese momento, la tendencia explotó y, poco a poco, los paninari empezaron a desaparecer como por arte de birlibirloque. La mayoría, se reciclaron en fighettos, es decir, pijos corrientes y molientes, y tras moderar su look, se dejaron de gaitas y se embarcaron en prometedoras carreras.
En 2005 se volvieron a reunir en Milán gran parte de los expaninari para celebrar el vigésimo aniversario de la extinta subcultura. Desde 2009, Princide Shop vende discos y accesorios vintage para nostálgicos de lo paninari. Y de un tiempo a esta parte, revistas como GQ, Vogue o Vanity Fair han anunciado varias veces el regreso del estilo paninaro. Sí, claro, su estilo podrá volver una y otra vez, pero, como subcultura, los paninari serían inviables en un país devastado por la crisis, con una tasa de paro juvenil que supera el 40 %. En los últimos tiempos, el clima en Italia se empieza a parecer al de los anni di piombo: disturbios juveniles, violencia política, fuego en las calles.
Fuente: Jot Down

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